Una de los alimentos más importantes de nuestra cultura gastronómica es el tomate, como bien se envuelve en las más típicas comidas estivales de nuestra región (Gazpacho, salmorejo, pisto,…).
Como hemos visto en otros post, las conservas de tomates son excusa y razón para la reunión familiar; «embotellar» es una tradición de los pueblos con pasado hortelano necesario para compartir las historias y nuevos descubrimientos con un cuchillo en la mano.
Antes del proceso, los que nos dedicamos a la tierra jugamos a pujar con las nubes.… Revisando la meteorología veinte veces al día, nos volcamos en dejar madurar los tomates, sin pasarnos para que las primeras lluvias no se lleven los ejemplares que aun no están 100% maduros, y que dejamos en la mata para capricho de los sentidos una vez que volcamos sobre ellos nuestro diente.
Así, esta tarde sabiendo que mañana puede llover, debemos hacer una recolecta en grande, tomar los que aun tienen algún filón verde y dejarlos madurar lejos del agua, tan necesaria este mes. Es el «momento justo», ese en el que el premio lo obtiene el recolector que más se aproxima a la aparición de las nubes, pero sin pasarse….
Entre tanto, os dejamos un par de pedacitos de maestría literaria:
- Muriel Barbery, una golosina:
«En su mano deformada por el trabajo del campo, reposaba el tomate, carmesí en su vestido de seda tensa apenas ondulada por algunas marcas tiernas. Su buen humor era comunicativo. Como una dama un poco rellenita comprimida en un traje de fiesta pero compensando esta contrariedad con una redondez desarmante que daban ganas de morder con toda energía»
- Pablo Neruda, Oda al tomate:

